Mi querido Pedro, nuestro querido Hermano de Casso:

Han pasado ya más de cinco meses desde tu partida y sigues vivo en mi corazón, en el de todas las personas que componen el equipo de CIPARH, en el de tantos alumnos de la Escuela Madrileña de Terapia Gestalt y tantas otras escuelas en las que impartiste cursos, en el corazón de tus pacientes y en el de tantas personas que tuvieron la suerte de conocerte.

Es por ello que prefiero esta modalidad epistolar, porque todavía no encuentro palabras para hablar acerca de tí, convencido de que recibes la presente divinamente acompañado por tantos seres queridos que precedieron tu partida, lo que para nosotros ya es un panteón con Claudio Naranjo, Ignacio Martín Poyo y Ada López. Una carta dirigida al corazón de tantas personas que compartieron vida contigo y donde seguro tienes feliz morada, para reavivar tu recuerdo y darte el debido y agradecido homenaje.

Nada nuevo quiero añadir a la experiencia de los que te conocieron. Si acaso recomendar que lean tu libro “Mi Gestalt”, publicado poco antes de tu partida y que tendré el honor de presentar cuando, Dios mediante, nos lo permita esta pandemia. Dejaste escrita una autobiografía, que ojalá algún día vea la luz impresa, y que será la mejor forma de conocerte en tus propias palabras.

Algo puedo contar para aquellos que no estuvieron el día que te nombramos Miembro de Honor de la Asociación Española de Terapia Gestalt, para los que no sepan que eres Miembro Honorario de CIPARH, algo para aquellos que no tuvieron la suerte de conocerte y para los futuros lectores. Han sido años de relación tejidos con hilos profesionales y personales.

La primera imagen que a mi mente acude es de 1985 en Ávila. Hicimos juntos el primer Fisher-Hoffman-Naranjo con Claudio. Años más tarde y con formaciones diferentes, construimos el Trabajo de Relaciones Parentales junto a Agueda Segado y Dalia Plaza, un trabajo dirigido en Equipo que hoy tiene su continuidad, en el que aprendimos unos de otros y compartimos cientos de horas de estrecha convivencia.

Una convivencia que tenía su espacio nuclear en CIPARH donde hemos sido colegas, compañeros y amigos. Son muchos años, más de 35 de trabajo hombro con hombro, de reuniones, comidas y fiestas. Creo poder decir todo esto en nombre de todo el equipo. Juntos hemos llorado tu pérdida y juntos te recordamos con la alegría que en tantos momentos nos diste.

Tu espíritu festivo invocando siempre la celebración, tu bondad, tu chispa andaluza, la dulzura de tu trato, la ternura, tu sonrisa, tu formación humanista y preparación intelectual, todo ello impregna hoy CIPARH y a todos los que aquí te queremos. Nunca planteaste más conflictos que los derivados de evitarlos. No sólo sabías Latín, era un lujo tu conocimiento del Griego, la epistemología, tu verbo de abogado, tu perspectiva y sobre todo tu búsqueda y afán espiritual.

Pedro, puede que resulte interesante desvelar algo de nuestra relación, del cómo evolucionamos hasta estos dos últimos años en que nos hemos encontrado a corazón abierto, en una atmósfera de fraternidad, hermandad y amor que difícilmente puedo describir con palabras y que tan dolorosa ha hecho la despedida. Teñida en origen por nuestros roles familiares, yo hermano mayor, muy mayor, tú el pequeño de muchos, muy benjamín. A pesar de la diferencia de edad, las jerarquías transferenciales se apoyaron en circunstancias: fui el tutor en tu formación de Gestalt en la A.E.T.G., director en CIPARH y compañero pesao en controles, consejos y cuidados. Fuimos una excelente pareja cómica en fiestas y reuniones. Tal vez, sólo decir que pudimos trascender todo ello y encontrarnos, sencillamente, como dos hombres, pudimos fundirnos tanto en abrazos como en silencios, ser testigos de la vida del uno y el otro, querernos… Puede que resulte Pedro, que nuestra experiencia sea compartida y resuene en otros.

Y finalmente Pedro, gracias, gracias por tanto, sí, y sobre todo por este ejemplo de Hermano Mayor encarando la enfermedad y la muerte con una entereza y honestidad que aún hoy me llenan los ojos de lágrimas y alegría. Sé que descansas en paz. Has compartido la paz de tus últimos tiempos con la fe de la humildad y un amor tan elegante como inmenso y es un honor para mí poder decir todo esto como homenaje a tu persona. Tienes y siempre tendrás un sitio en mi corazón y en el de cada una de las personas de este Equipo.

Enrique de Diego Gómez.